miércoles, 25 de septiembre de 2019

CUANDO UN AMIGO SE VA...


Mi primer encuentro con Mariano Figueres fue en una lucha cuerpo a cuerpo. Fue en el año 2007 a pocos días del referéndum sobre el TLC. Era septiembre y a la oficina del CEP-Alforja llamaron (si, llamaron, no había WhatsApp) solicitando la presencia de gente en el TSE, pues un grupo del Sí pretendía realizar una acción provocadora. La distancia entre San Pedro y el Parque Nacional la recorrí en un viejo Jeep de la oficina, que le puse por nombre la “Mamut”. Llegué al TSE y ya el enfrentamiento entre seguidores del Sí y del No parecía inminente. En lo alto de la escalera estaba Alejandro Trejos, dirigente del Sí, arengando, y señalando que el No planeaba un fraude. Cometió el error de mencionar como justificante de su “denuncia” a Don Pepe y los hechos que llevaron a la Guerra Civil del 48. Eso Bastó. De entre los que estábamos, como un miura, Mariano se adelantó y encarando a Alejandro, le advertía sobre “no usar el nombre de su padre en esta provocación”. Mariano formaba parte lo que un sector del PLN llamó “Liberacionistas contra el TLC”.

Alejandro, temerariamente, continuó con su arenga, provocando que Mariano subiera las escaleras, abriéndose paso entre el tumulto. De manera automática, cuando pasó a mi lado, solo se me ocurrió contenerlo sujetándolo con mis brazos por la espalda. Mariano tiene una fuerza descomunal. Y como se podrán imaginar mi empresa por detenerlo estaba condenada al fracaso de no ser porque otros dos se sumaron a mi intento. Nunca he sabido lo que es contener un toro, pero creo que podría ser algo parecido.

Mi segundo encuentro marcará el inicio de una relación estrecha y entrañable. Se acercaban las elecciones del 2014. Mariano, cuál quijote, asumió el reto de emprender un esfuerzo que pusiera como prioridad, el dialogo entre fuerzas políticas y organizaciones sociales para presentar una alternativa electoral progresista en el 2014.  Para septiembre del 2013, Mariano y sus quijotes de Alianza Patriótica, entre los que se encontraba mi gran amigo Adrián Zúñiga, inician una maratónica jornada de visitas y reuniones con organizaciones sociales y partidos. Con una Proclama, nivel Juanito Mora en mano, conversaban e iban convenciendo a quién los escuchaba a subirse al tren.

Una noche recibí una llamada de mi amigo Adrián Zúñiga. Eran las 9 de la noche. Me preguntó si lo podía recibir. Yo extrañado por la solicitud, sobre todo por la hora, le dije que sí. Me advirtió, eso sí, que iba con otra persona. Le pregunté que con quién y me dijo que era Mariano Figueres. Llegaron más tarde de lo previsto. Ahí me di cuenta que fui uno de los que estaba en la lista de invitados a subirse al tren. No tuvieron que convencerme mucho. A partir de ahí junto a Mariano, Adrián, Julia Ardón, Mario Devandas, Rocío Carranza, Beatriz Castro, Oscar Aguilar Bulgarelli, Bernardo Aguilar, José Luis Pacheco, Héctor Ferlini, entre muchos otros, constituimos el núcleo que empujaría el proceso hacia la unidad de las fuerzas progresistas tanto políticas, sociales como ciudadanas. Constituimos la matriz de lo que sería la coalición y acordamos en multitudinarias asambleas, llamarle “Coalición Viva”.

La unidad, como saben, no se dio. La historia de ese proceso deberá ser contada en otro momento. A partir de acá es que mi relación con Mariano adquiere mayor profundidad, afectividad, creando una complicidad que duró tanto en la cercanía como en la distancia. Me llevó a trabajar a su lado en Casa Presidencial a partir del 2014. Privilegio del que me enorgullezco.

Mariano derrochaba una energía incontenible. Era difícil seguirle el ritmo. Parco en muchas ocasiones. De pocas palabras en el trabajo y siempre al grano, siempre a la acción. Cuando pedía conversar con él por asuntos de trabajo, decía “dos minutos”. Eso lo agradezco. Aprendí a ir al centro sin rodeos. Su alegría era contagiosa.  Recuerdo que cuando Costa Rica le ganó a Italia, salió a celebrar por los pasillos de Casa Presidencia con un palo de piso, gritando “Que limpiada” “Que limpiada”. Así era Mariano. Gustaba del whisky frío (metía la botella en el congelador), de vestir impecable, guayabera cada tanto. Llano en el hablar, desbordante en las celebraciones, profundo en la reflexión y exigente en las tareas, conversador, animador central de cualquier tertulia, de aguda mirada política.

Valga pues esta especie de crónica para rendir homenaje al amigo, ante todo. Al que, a estas alturas de la vida de uno, cuando uno cree que ya nadie puede enseñarle más, hay que agradecer por la paciencia, el respeto mostrado y sobre todo la ternura con la que se cultivaba amistades, donde yo, tengo el privilegio de ser una de ellas.