Hace unos días preguntaba ¿Hasta cuándo? Me refería al actual contexto de banalización, violencia, frivolidad, analfabetismo político, mediocridad periodística, dogmatismo y rechazo a todo aquello que vaya contra el discurso oficial. A como va, esto no puede terminar bien. Creo que será más pronto que tarde. Y no necesariamente el resultado sea a favor de las ideas progresistas y humanistas. Y menos aún de izquierdas.
Ya desde hace casi 30 años
obligaron a esta sociedad a transitar por una forma de convivencia donde los
derechos son considerados privilegios y algo que se llama “mercado” se
encargará de “acomodar las cargas”. Pero para que el señor “mercado” cumpla su
labor, nadie puede perturbarlo. De ahí que pareciera que requiere de un modelo
de participación social más delegativo(más aún) que participativo en la toma de
decisiones, garantizándose de esa manera una reclamada “gobernabilidad”.
Es decir una gobernabilidad que no obstaculice los negocios y que restrinja los
reclamos ciudadanos pues “la cobija no da pa todos”.
Es una “gobernabilidad” que
consolida y amplía las condiciones de exclusión y desigualdad, afianza las
relaciones de poder verticales, elitistas y patriarcales y adultocéntricas. Lo
grave del actual escenario es que esas relaciones hoy son asumidas por una gran
cantidad de gente de a pie. Una peligrosa derechización del mundo ciudadano que
adopta los valores anti-estado, anti-partidos (aunque luego voten por los
mismos) anti-derechos humanos, anti-todo, gente que utiliza su derecho a la
opinión como arma blanca, sea desde el auto en la presa, la fila de un ebais,
que hacen de las comunidades espacios cada vez con menos cosas en común, que
despotrican en redes insociables, sobre lo profano y lo divino, maltratando al
otro, disminuyendo su opinión o simplemente descalificándola. Que reduce la información
a “lo dijeron en la tele”. La ignorancia convertida en fuente de insumos para
emitir opiniones.
Ese es el mundo de los no-organizados. ¿Y de
los que están organizados? Esos que supuestamente representan la esperanza de
que algo cambie desde abajo. Son un manojo, marginal, muchas veces sectario, de
mirada corta y lengua sin vaina donde meterla, de consigna fácil. Representan
un grupo pequeño a quienes se delega por “default” la representación, desde la
cual deciden tomar o no las desiciones. ¿Quién no ha tenido la experiencia de
ir a varias reuniones de diferente tema y encontrarse casi con la misma gente?
¿Quién no conoce al dirigente comunal con varios sombreros a la vez? Preside la
asociación de desarrollo, la asada, la pastoral familiar, los alcohólicos
anónimos, y otros no tan anónimos, el comité de vivienda, y si hay un grupo de mujeres también lo
preside.
Vivimos tiempos de mayor
complejidad y exigencia pero tenemos los mismos liderazgos, cansados en el
mejor de los casos. Los que debiéramos tomar la acción en nuestras manos,
mentes y corazones damos un paso atrás,
dejando a los mismos de siempre en la primera línea. Es el traslado de la
voluntad popular de muchos, hacia otros y otras, los menos. Poco a poco
entonces, por desgaste, renuncia o simple abandono, el escenario de la
participación queda solo. Como consolación, se miran desde las redes sociales y
desde ahí se exculpan por su ausencia en el escenario ocupado por los otros, los mismos. Este es el modelo
de participación que requiere la gobernabilidad neoliberal.
De ahí
la urgencia de construir un peso ciudadano que, al menos, equilibre la balanza.
Pero para ganar ese peso, se necesita ir al gimnasio, todos los días. A
ejercitar derechos, alimentarse, pero más que eso, de nutrirse, de convertir la
información en un derecho y no en un privilegio. De exigir cuentas y acabar con
la cultura de pedir favores, salir de la alucinación de la “participación
virtual”, ese cómodo activismo de los “me gusta” y el “compartir”. Una especie
de “berreo virtual”. La cosa va por otro lado y debiera de empezar ya. Pero ¿cuándo?,
se debe empezar ya, hasta que el cuerpo aguante! ¿Se anima?


