martes, 24 de mayo de 2016

HASTA QUE EL CUERPO AGUANTE


Hace unos días preguntaba ¿Hasta cuándo? Me refería al actual contexto de banalización, violencia, frivolidad, analfabetismo político, mediocridad periodística, dogmatismo y rechazo a todo aquello que vaya contra el discurso oficial. A como va, esto no puede terminar bien. Creo que será más pronto que tarde. Y no necesariamente el resultado sea a favor de las ideas progresistas y humanistas. Y menos aún de izquierdas.

Ya desde hace casi 30 años obligaron a esta sociedad a transitar por una forma de convivencia donde los derechos son considerados privilegios y algo que se llama “mercado” se encargará de “acomodar las cargas”. Pero para que el señor “mercado” cumpla su labor, nadie puede perturbarlo. De ahí que pareciera que requiere de un modelo de participación social más delegativo(más aún) que participativo en la  toma de  decisiones, garantizándose de esa manera una reclamada “gobernabilidad”. Es decir una gobernabilidad que no obstaculice los negocios y que restrinja los reclamos ciudadanos pues “la cobija no da pa todos”.

Es una “gobernabilidad” que consolida y amplía las condiciones de exclusión y desigualdad, afianza las relaciones de poder verticales, elitistas y patriarcales y adultocéntricas. Lo grave del actual escenario es que esas relaciones hoy son asumidas por una gran cantidad de gente de a pie. Una peligrosa derechización del mundo ciudadano que adopta los valores anti-estado, anti-partidos (aunque luego voten por los mismos) anti-derechos humanos, anti-todo, gente que utiliza su derecho a la opinión como arma blanca, sea desde el auto en la presa, la fila de un ebais, que hacen de las comunidades espacios cada vez con menos cosas en común, que despotrican en redes insociables, sobre lo profano y lo divino, maltratando al otro, disminuyendo su opinión o simplemente descalificándola. Que reduce la información a “lo dijeron en la tele”. La ignorancia convertida en fuente de insumos para emitir opiniones.

Ese es el mundo de los no-organizados. ¿Y de los que están organizados? Esos que supuestamente representan la esperanza de que algo cambie desde abajo. Son un manojo, marginal, muchas veces sectario, de mirada corta y lengua sin vaina donde meterla, de consigna fácil. Representan un grupo pequeño a quienes se delega por “default” la representación, desde la cual deciden tomar o no las desiciones. ¿Quién no ha tenido la experiencia de ir a varias reuniones de diferente tema y encontrarse casi con la misma gente? ¿Quién no conoce al dirigente comunal con varios sombreros a la vez? Preside la asociación de desarrollo, la asada, la pastoral familiar, los alcohólicos anónimos, y otros no tan anónimos, el comité de vivienda,  y si hay un grupo de mujeres también lo preside.

Vivimos tiempos de mayor complejidad y exigencia pero tenemos los mismos liderazgos, cansados en el mejor de los casos. Los que debiéramos tomar la acción en nuestras manos, mentes y corazones damos  un paso atrás, dejando a los mismos de siempre en la primera línea. Es el traslado de la voluntad popular de muchos, hacia otros y otras, los menos. Poco a poco entonces, por desgaste, renuncia o simple abandono, el escenario de la participación queda solo. Como consolación, se miran desde las redes sociales y desde ahí se exculpan por su ausencia en el escenario ocupado por los otros, los mismos. Este es el modelo de participación que requiere la gobernabilidad neoliberal.

De ahí la urgencia de construir un peso ciudadano que, al menos, equilibre la balanza. Pero para ganar ese peso, se necesita ir al gimnasio, todos los días. A ejercitar derechos, alimentarse, pero más que eso, de nutrirse, de convertir la información en un derecho y no en un privilegio. De exigir cuentas y acabar con la cultura de pedir favores, salir de la alucinación de la “participación virtual”, ese cómodo activismo de los “me gusta” y el “compartir”. Una especie de “berreo virtual”. La cosa va por otro lado y debiera de empezar ya. Pero ¿cuándo?, se debe empezar ya, hasta que el cuerpo aguante! ¿Se anima?

jueves, 5 de mayo de 2016

¿HASTA CUANDO?

No sé en qué momento me encontré pensando irme de este país. Grave señal dije, pues siempre he creído en lo maravilloso de vivir acá. Busqué razones y me dí cuenta que es la saturante, violenta y elitista mediocridad de la cultura política en Costa Rica. Estoy cansado, harto de ella. Harto de una clase política que un día si y otro también hace gala de dogmatismo, oportunismo, de la ignorancia erigida en insumo central para tomar decisiones, de su intransigencia obscena, de su incapacidad para escuchar al otro, de su machismo, racismo, homofobia y adultocentrismo. Políticos que metieron a este país en el zapato en el que está y hoy se presentan como los salvadores aplicando la misma receta que nos trajo hasta aquí. Si, son una Casta. Incapaz de ponerse a la altura de los tiempos producto de su analfabetismo en todos los sentidos. Que recicla liderazgos con telarañas que creen ciegamente que un pequeño “makeover” disimulará sus arrugas y mentiras y los hará presentables.

Harto de los medios, de su programación aldeana, de sus “realities” cargados de códigos cuya calidad es inversamente proporcional a los propósitos pedagógicos que se supone son su misión. De sus programas de opinión donde siempre opinan los mismos diciendo lo mismo sobre los mismos de la misma manera. De sus noticieros amarillentos, cada vez dependiendo más de la muerte y de YouTube. De sus periodistas que se regodean en códigos comunes, en frases hechas, en la banalidad, en paradigmas que creen son inmutables, más por ignorancia que por convencimiento. Vehículos de información que quedan debiendo información, tanto por mala fe como por mezquindad.

Que decir de los grupos de interés. Estoy hasta la coronilla de un empresariado deleitado en sus privilegios, de mirada corta y ganancia fácil, que conspira contra todo aquello que sospechen cuestiona su enriquecimiento desmedido a costa del resto de la sociedad sin devolver nada a esta. En el otro bando una burocracia sindical, gremial y sectorial, sellada herméticamente en sus feudos, sin conexiones con una sociedad que peligrosamente y cada vez más, los ve como innecesarios. Portadores de la consigna fácil, la verdad absoluta que apela a los otros para defenderse ellos. Mayoritariamente machos que son, en un gran número, candiles de la calle y oscuranas en sus casas. Incapaces de aceptar el fin de sus ciclos impiden los recambios, anquilosándose o languideciendo.

De seguro hay cosas buenas que nacen y se están haciendo. Desde la lucha ambiental, desde el movimiento de mujeres, desde el tejido emprendedor de los territorios, desde la juventud y su capacidad de innovación, desde la lucha por el reconocimiento vital de la diversidad sexual, desde los grupos de adultos mayores, desde la calle en patineta, desde la música, la ciencia y la cultura. Pero desconectados, unos en su zona de confort recibiendo premios oficiales, los otros, sin capacidad para golpear la mesa, si acaso un grito ahogado, imperceptible. Con instrumentos partidarios que dicen representarles y que terminan representándose a sí mismos.

Hemos dejado que la silla sea ocupada por otros. ¿Hasta cuándo? De la respuesta de que hay que “trabajar para un futuro, a largo plazo, que los cambios tardarán” estoy igualmente harto. Mi familia y yo tenemos derecho a disfrutar Hoy de un país diferente. Me niego a pensar que deba conformarme con aportar mi “granito de arena”. Hay que ocupar las sillas cuanto antes. Crear la rebelión de los expectantes, animarles a invadir el sector VIP. Tomarse la silla de las decisiones, de la palabra fundada, de la razón, de la bondad,  la pasión, la mística, la creación. Hemos regalado las sillas a los otros, a los mismos, que hacen lo mismo, de la misma manera y que por lo tanto no pueden producir otro resultado que no sea el mismo. ¿Hasta cuándo?