No sé en qué momento me encontré
pensando irme de este país. Grave señal dije, pues siempre he creído en lo
maravilloso de vivir acá. Busqué razones y me dí cuenta que es la saturante,
violenta y elitista mediocridad de la cultura política en Costa Rica. Estoy
cansado, harto de ella. Harto de una clase política que un día si y otro
también hace gala de dogmatismo, oportunismo, de la ignorancia erigida en
insumo central para tomar decisiones, de su intransigencia obscena, de su
incapacidad para escuchar al otro, de su machismo, racismo, homofobia y
adultocentrismo. Políticos que metieron a este país en el zapato en el que está
y hoy se presentan como los salvadores aplicando la misma receta que nos trajo hasta
aquí. Si, son una Casta. Incapaz de ponerse a la altura de los tiempos producto
de su analfabetismo en todos los sentidos. Que recicla liderazgos con telarañas
que creen ciegamente que un pequeño “makeover” disimulará sus arrugas y
mentiras y los hará presentables.
Harto de los medios, de su
programación aldeana, de sus “realities” cargados de códigos cuya calidad es
inversamente proporcional a los propósitos pedagógicos que se supone son su
misión. De sus programas de opinión donde siempre opinan los mismos diciendo lo
mismo sobre los mismos de la misma manera. De sus noticieros amarillentos, cada
vez dependiendo más de la muerte y de YouTube. De sus periodistas que se
regodean en códigos comunes, en frases hechas, en la banalidad, en paradigmas que
creen son inmutables, más por ignorancia que por convencimiento. Vehículos de
información que quedan debiendo información, tanto por mala fe como por
mezquindad.
Que decir de los grupos de
interés. Estoy hasta la coronilla de un empresariado deleitado en sus
privilegios, de mirada corta y ganancia fácil, que conspira contra todo aquello
que sospechen cuestiona su enriquecimiento desmedido a costa del resto de la
sociedad sin devolver nada a esta. En el otro bando una burocracia sindical,
gremial y sectorial, sellada herméticamente en sus feudos, sin conexiones con
una sociedad que peligrosamente y cada vez más, los ve como innecesarios.
Portadores de la consigna fácil, la verdad absoluta que apela a los otros para
defenderse ellos. Mayoritariamente machos que son, en un gran número, candiles
de la calle y oscuranas en sus casas. Incapaces de aceptar el fin de sus ciclos
impiden los recambios, anquilosándose o languideciendo.
De seguro hay cosas buenas que
nacen y se están haciendo. Desde la lucha ambiental, desde el movimiento de
mujeres, desde el tejido emprendedor de los territorios, desde la juventud y su
capacidad de innovación, desde la lucha por el reconocimiento vital de la
diversidad sexual, desde los grupos de adultos mayores, desde la calle en
patineta, desde la música, la ciencia y la cultura. Pero desconectados, unos en
su zona de confort recibiendo premios oficiales, los otros, sin capacidad para
golpear la mesa, si acaso un grito ahogado, imperceptible. Con instrumentos
partidarios que dicen representarles y que terminan representándose a sí
mismos.
Hemos dejado que la silla sea
ocupada por otros. ¿Hasta cuándo? De la respuesta de que hay que “trabajar para
un futuro, a largo plazo, que los cambios tardarán” estoy igualmente harto. Mi
familia y yo tenemos derecho a disfrutar Hoy de un país diferente. Me niego a
pensar que deba conformarme con aportar mi “granito de arena”. Hay que ocupar
las sillas cuanto antes. Crear la rebelión de los expectantes, animarles a
invadir el sector VIP. Tomarse la silla de las decisiones, de la palabra
fundada, de la razón, de la bondad, la
pasión, la mística, la creación. Hemos regalado las sillas a los otros, a los
mismos, que hacen lo mismo, de la misma manera y que por lo tanto no pueden
producir otro resultado que no sea el mismo. ¿Hasta cuándo?

Saludos, Mario.
ResponderEliminarComo no tengo respuestas al "¿hasta cuándo?" ni al cómo lograrlo -¡ojalá las tuviera!-, me limito a agregar algunos elementos que, creo, alimentan la desidia que permite la ocupación de la silla por otros:
- cyber-canalización de la acción social: se ha llegado a un momento en que parece que de verdad se cree que el hambre, la pobreza, la guerra, la desigualdad y cuanto mal suceda en el mundo, se atacan a punta de "likes" y de "shares" y que, hecho eso, podemos dormir con la conciencia tranquila porque fuimos agentes de cambio.
- pereza: como en el cuento "Adelante" de Historias de Tatamundo, de Fabián Dobles, no se hace ni el mínimo esfuerzo por ocupar la silla; ni siquiera se da un empujón por facilitar que aquellos "alternativos" que quieran ocupar la silla lo logren, así se esté consiente de que nos está llevando la trampa. No se va a votar y, en general la gente no participa, no se informa, no se interesa... sólo se lamenta y busca culpables más que asumir responsabilidades.
Esa parece ser la tendencia. ¿Hasta cuándo?
De acuerdo. La red, el internet pueden sensibilizar, brindar información, pero la participación y la responsabilidad están dando la cara, apoyando en la realidad, en el barrio, en la calle. Mientras el like sea una opción, cada vez menos personas tendremos asumiendo la responsabilidad y el gusto de participar en los cambios que se puedan hacer en este país.
ResponderEliminarVengo de 23 años en Nicaragua (ahí nomás dirían muchos) pero no es cierto, cada vecino es un mundo y cuando se regresa una espera aquella Cr de movimientos estudiantiles, de luchas como TLC, ICE, vecinos. Nos hemos acomodado a un "que bueno que no somos como los vecinos" y estamos pegados al sillón, a la compu, el celular. Por eso tenemos miles de likes a la Ley del Agua, del maltrato animal pero cuando hay que apostarse a la Asamblea llegamos 50. Igual que Bretch digo que nos van a pasar por encima y nadie va a dar nada por nosotros.