martes, 19 de julio de 2016

A 37 años de la Revolución Sandinista: Ay Nicaragua, nicaraguita...

La primera vez que escuche las palabras Frente Sandinista fue por allá del año 69. Mi tío Roberto Miranda, sandinista empedernido, llegaba de su viaje por Nicaragua visitando a su familia en Granada. Me mostró unas revistas “Life” con fotos de la represión somocista y me explicó lo suficiente como para, a partir de ahí, tomar partido rojinegro. Se asomaba una atracción por Nicaragua hasta los días de hoy. No era solo una atracción de buena vecindad por la cercanía geográfica. Esta atracción y cariño por Nicaragua tiene que ver primero con la sangre.

Mi abuela fue Lucrecia Avalos, nacida y criada en Granada, tuvo 4 hijos: Roberto, Maritza, Ruth y mi madre Leila. Por cosas de la vida se los trajo a este país, primero a Tortuguero y luego a Limón. Crecí muy cerca de su enagua, siempre larga, no tenía muchas, tal vez por eso le fue más fácil tomar la decisión de llevar el hábito de las carmelitas en honor a la Virgen del Carmen por varios años. Era una mujer trigueña de rasgos marcados y un aire indígena venido de las proximidades del volcán Masaya, costurera de profesión. A mi abuelo, Gilberto, su compañero hasta que él murió, lo recogió en quién sabe qué palmo del camino entre allá y aquí. Un hombre más trigueño que ella, oscurecido por el sol y el trabajo duro del campo, la pesca o el "muey". Facciones recias, manos duras y con un diente de oro, gran degustador de todo tipo de alcohol.

De ella conocí las primeras historias de Nicaragua, los primeros cuentos infantiles fueron nicas. Mi primer silabario con el que aprendí a leer era nica. Pude conocer algunas historias de su travesía desde Granada hasta Limón. Algunas divertidas otras tristes. Su padre murió en la casa. Recuerdo la vela y me tocó dormir en el sofá de la sala con el muerto en el centro de ella. Se lo trajo también. Con ella conocí Managua antes del terremoto. En el 71. Todavía recuerdo la Catedral y la ubicación exacta del kiosko de refrescos desde donde se veía. Paseamos en volanta por las calles de lo que hoy son las ruinas de Managua, cuando Managua tenía “centro”. Conocí Granada y la Quinta Betel, una casa de familiares o de su primer esposo Roberto Miranda.

De sus cuatro hijos solo dos mantuvieron ese vínculo familiar con Granada. Mi tía Maritza y mi Tío Roberto. Son los únicos que decidieron dejarse el apellido Miranda. De hecho mis apellidos hubieran sido Céspedes Miranda si mi madre no hubiera decidido dejarse por doblete, el apellido de su madre: Avalos Avalos. 

Fue mi tío, como decía al principio, el que me enseñó una nueva forma de querer a Nicaragua. Mi tío era un joven alegre, respetado y querido, árbitro de fútbol donde circunstancialmente el respeto y la querencia que le tenían disminuía o aumentaba entre un pitazo a favor de unos o en contra de otros. Saprissista, de ahí mi afiliación morada también. Lo recuerdo como empleado del INS en el Hospital Tony Facio. Yo lo visitaba a su oficina para pasar horas leyendo los partes de accidentes ocurridos a todo tipo de gente.

Recuerdo como un día en una de las tantas huelgas en Limón salió en primera página de un periódico con una persona alzada en brazos golpeada no sé si por la policía o los huelguistas. Fue acusado de participar y hecho preso. Recuerdo tanto no haber sentido vergüenza de eso sino todo lo contrario cuando acompañaba a mi abuela a dejarle comida al cuartel. Con él conocí el significado del viaje a la luna y del golpe en Chile. Me quitó la maña de mojar el pan en el café. Desde antes de la insurrección sandinista mi tío era parte de los comités de solidaridad. Recuerdo que en la casa de mi abuela o la de mi madre llegaban a “dormir” gente extraña a las que nunca les ví la cara porque se encerraban en cuartos durante días. Para ese momento yo ya era “sandinista” y “no debía preguntar”. Muchos años después viviendo en San José, sintonizaba en la radio la famosa Radio Sandino para escuchar las noticias que daban por descontado el triunfo final contra Somoza.

Para el 79 ya me sumaba a las marchas de solidaridad sin ser de ninguna organización sino solo por ser “sandinista”. Por radio Sandino escuchamos las tristes noticias de combatientes caídos como García Laviana, la de Camilo Ortega o la muerte del comandante Germán Pomares “El Danto” casi un mes antes del triunfo. Noticias de felicidad como al toma del Palacio, de angustia como el repliegue, o la toma del cuartel de León.

Hace 37 años el triunfo me tomó en mi casa escuchando Radio Sandino, retransmitida ya en ese momento por Radio Reloj. El cariño por Nicaragua creció. Llegué a la Nicaragua sandinista dos años después del triunfo, en el 81, para un encuentro promovido por la Juventud Sandinista. Fuimos en bus y hospedados en una casa con cuartos y camarotes. Asistimos a reuniones con comandantes de la Revolución: Bayardo Arce, Tomás Borge, Omar Cabezas de los que recuerdo. De este último recuerdo tenía un libro que se llamaba “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”. Lo utilizábamos como herramienta de “reclutamiento” para la organización que construíamos, algo que llamábamos el  FER. Estudiante que se lo leía, estudiante que ingresaba a nuestras filas. Para inicios del  83 tomé la decisión de irme a Nicaragua. Abandoné estudios y familia y me fui a “ver en qué ayudaba”. Y después, la experiencia.

En noviembre de ese año EEUU invadió la pequeña isla de Granada. Vimos por la televisión nica el acto de recibimiento de los cubanos muertos en defensa de las instalaciones del aeropuerto donde habían llegado para trabajar.  En la plaza de la Revolución frente a los féretros, Fidel pronunció el inolvidable discurso de las “19 mentiras de Reagan”.  Fuimos testigos del vuelo del famoso “pájaro negro” un avión supersónico norteamericano que hacia reconocimiento por las noches de las instalaciones militares del Ejército Popular Sandinista rompiendo la barrera del sonido. Nos tocó hacer trincheras en patios de las casas, participar de los ejercicios milicianos de los sábados por la tarde, en la vigilancia cuadra por cuadra de los CDR y de las movilizaciones a las plazas donde pueblo y dirigencia se daban un abrazo. 

Nos tocó el desabastecimiento.  Esperar a ver que “nuevo” llegaba desde Europa oriental, sea de la URSS, Bulgaria o Checoslovaquia. Con suerte te encontrabas un buen spaguetti o un jamón enlatado que nunca más verías. Pudimos ver los famosos clásicos de béisbol entre los Dantos equipo del ejército y el histórico Boer. Y después, ayudar en los cafetales a recoger el “rojito". 37 años después del triunfo de la Revolución recordamos todo cariño. Con nostalgia pero también con un dolor que a veces se torna en odio por lo que alguna dirigencia hicieron de ella. Traicionada y secuestrada por una familia. Pero también latente. Estoy seguro que el amanecer dejará de ser una tentación en Nicaragua y será pronto.