La primera vez que escuche las palabras Frente Sandinista fue
por allá del año 69. Mi tío Roberto Miranda, sandinista empedernido, llegaba de su viaje por
Nicaragua visitando a su familia en Granada. Me mostró unas revistas “Life” con
fotos de la represión somocista y me explicó lo suficiente como para, a partir
de ahí, tomar partido rojinegro. Se asomaba una atracción por Nicaragua hasta los días de hoy. No era solo una atracción de buena vecindad por la cercanía geográfica. Esta atracción y cariño por Nicaragua tiene que ver primero con la sangre.
Mi abuela fue Lucrecia Avalos, nacida y criada en Granada, tuvo 4 hijos: Roberto, Maritza, Ruth y mi madre Leila. Por cosas de la vida se
los trajo a este país, primero a Tortuguero y luego a Limón. Crecí muy cerca de
su enagua, siempre larga, no tenía muchas, tal vez por eso le fue más fácil
tomar la decisión de llevar el hábito de las carmelitas en honor a la Virgen
del Carmen por varios años. Era una mujer trigueña de rasgos marcados y un aire
indígena venido de las proximidades del volcán Masaya, costurera de profesión. A mi abuelo, Gilberto, su
compañero hasta que él murió, lo recogió en quién sabe qué palmo del camino entre
allá y aquí. Un hombre más trigueño que ella, oscurecido por el sol y el
trabajo duro del campo, la pesca o el "muey". Facciones recias, manos duras y con
un diente de oro, gran degustador de todo tipo de alcohol.
De ella conocí las primeras historias de Nicaragua, los primeros
cuentos infantiles fueron nicas. Mi primer silabario con el que aprendí a leer
era nica. Pude conocer algunas historias de su travesía desde Granada hasta
Limón. Algunas divertidas otras tristes. Su padre murió en la casa. Recuerdo la
vela y me tocó dormir en el sofá de la sala con el muerto en el centro de ella.
Se lo trajo también. Con ella conocí Managua antes del terremoto. En el 71. Todavía
recuerdo la Catedral y la ubicación exacta del kiosko de refrescos desde donde
se veía. Paseamos en volanta por las calles de lo que hoy son las ruinas de
Managua, cuando Managua tenía “centro”. Conocí Granada y la Quinta Betel, una
casa de familiares o de su primer esposo Roberto Miranda.
De sus cuatro hijos solo dos mantuvieron ese vínculo familiar
con Granada. Mi tía Maritza y mi Tío Roberto. Son los únicos que
decidieron dejarse el apellido Miranda. De hecho mis apellidos hubieran sido
Céspedes Miranda si mi madre no hubiera decidido dejarse por doblete, el apellido
de su madre: Avalos Avalos.
Fue mi tío, como decía al principio, el que me enseñó una nueva forma de querer a Nicaragua. Mi tío era un joven alegre, respetado y
querido, árbitro de fútbol donde circunstancialmente el respeto y la querencia
que le tenían disminuía o aumentaba entre un pitazo a favor de unos o en contra de otros. Saprissista, de ahí mi afiliación morada
también. Lo recuerdo como empleado del INS en el Hospital Tony Facio. Yo lo visitaba
a su oficina para pasar horas leyendo los partes de accidentes ocurridos
a todo tipo de gente.
Recuerdo como un día en una de las tantas huelgas en Limón
salió en primera página de un periódico con una persona alzada en brazos golpeada no sé si por
la policía o los huelguistas. Fue acusado de participar y hecho preso. Recuerdo
tanto no haber sentido vergüenza de eso sino todo lo contrario cuando acompañaba a mi abuela a dejarle comida al cuartel. Con él conocí
el significado del viaje a la luna y del golpe en Chile. Me quitó la maña de
mojar el pan en el café. Desde antes de la insurrección sandinista mi tío era
parte de los comités de solidaridad. Recuerdo que en la casa de mi abuela o la
de mi madre llegaban a “dormir” gente extraña a las que nunca les ví la cara
porque se encerraban en cuartos durante días. Para ese momento yo ya era “sandinista”
y “no debía preguntar”. Muchos años después viviendo en
San José, sintonizaba en la radio la famosa Radio Sandino para escuchar
las noticias que daban por descontado el triunfo final contra Somoza.
Para el 79 ya me sumaba a las marchas de solidaridad sin ser
de ninguna organización sino solo por ser “sandinista”. Por radio Sandino
escuchamos las tristes noticias de combatientes caídos como García Laviana, la
de Camilo Ortega o la muerte del comandante Germán Pomares “El Danto” casi un
mes antes del triunfo. Noticias de felicidad como al toma del Palacio, de angustia como el repliegue, o la toma del cuartel de León.
Hace 37 años el triunfo me tomó en mi casa escuchando Radio
Sandino, retransmitida ya en ese momento por Radio Reloj. El cariño por Nicaragua
creció. Llegué a la Nicaragua sandinista dos años después del triunfo, en el 81,
para un encuentro promovido por la Juventud Sandinista. Fuimos en bus y hospedados
en una casa con cuartos y camarotes. Asistimos a reuniones con comandantes de
la Revolución: Bayardo Arce, Tomás Borge, Omar Cabezas de los que recuerdo. De
este último recuerdo tenía un libro que se llamaba “La montaña es algo más que
una inmensa estepa verde”. Lo utilizábamos como herramienta de “reclutamiento”
para la organización que construíamos, algo que llamábamos el FER. Estudiante que se lo leía, estudiante que
ingresaba a nuestras filas. Para inicios del 83 tomé la decisión de irme a Nicaragua. Abandoné
estudios y familia y me fui a “ver en qué ayudaba”. Y después, la experiencia.
En noviembre de ese año EEUU invadió la pequeña isla de
Granada. Vimos por la televisión nica el acto de recibimiento de los
cubanos muertos en defensa de las instalaciones del aeropuerto donde habían
llegado para trabajar. En la plaza de la
Revolución frente a los féretros, Fidel pronunció el inolvidable discurso de
las “19 mentiras de Reagan”. Fuimos testigos del vuelo del famoso “pájaro negro” un avión supersónico
norteamericano que hacia reconocimiento por las noches de las instalaciones
militares del Ejército Popular Sandinista rompiendo la barrera del sonido. Nos
tocó hacer trincheras en patios de las casas, participar de los ejercicios
milicianos de los sábados por la tarde, en la vigilancia cuadra por cuadra de los CDR y de las movilizaciones a las plazas
donde pueblo y dirigencia se daban un abrazo.
Nos tocó el desabastecimiento. Esperar a ver que “nuevo” llegaba desde Europa
oriental, sea de la URSS, Bulgaria o Checoslovaquia. Con suerte te encontrabas
un buen spaguetti o un jamón enlatado que nunca más verías. Pudimos ver los
famosos clásicos de béisbol entre los Dantos equipo del ejército y el histórico
Boer. Y después, ayudar en los cafetales a recoger el “rojito". 37 años después del triunfo de la Revolución recordamos todo cariño.
Con nostalgia pero también con un dolor que a veces se torna en odio por lo que
alguna dirigencia hicieron de ella. Traicionada y secuestrada por una familia. Pero
también latente. Estoy seguro que el amanecer dejará de ser una tentación en
Nicaragua y será pronto.

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